Tavindax ~ Capítulo III: Por el derecho a vivir

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Ya avanzada la noche, poco más de veinte mil soldados habían salido del portal, cuadriplicando el pronóstico que el representante de Tavius había dado a los magos. Mientras las cuatro legiones se organizaban, un pequeño cuartel fue levantado a un costado del templo a Jusket. Al amanecer, un grupo de exploradores regresaron de reconocer el terreno. En el cuartel, cinco hombres los esperaban.

— Hacia el norte no se ven poblados en la distancia, señor. El terreno está despejado. Se ven pastizales, pequeñas colinas, pocos árboles –dijo uno de los exploradores.–

— Hacia el oeste hay una zona árida de gran tamaño con formaciones rocosas, señor. No percibí signos de vida hasta donde llegué –dijo otro.–

— Hacia el sur hay una zona boscosa, señor, no pude penetrar más allá de un kilómetro pues era demasiado espesa –dijo el tercero.–

— Hacia el este hay un océano, señor. Nada más que reportar –dijo el último.–

— Bien, vayan a descansar –ordenó un hombre ataviado con una armadura plateada de altísima calidad.–

Los cuatro jinetes salieron de la tienda.

— Señores, es el momento de empezar a replegar nuestras tropas –dijo el líder a los otros cuatro caballeros que lo acompañaban.– La legión del General Adrius se dirigirá hacia el norte. El General Brüg y su ejército se dirigirán hacia el oeste. El General Crabarm y sus hombres se dirigirán hacia el sur. Usted, General Dacko, se quedará aquí conmigo. Sus hombres protegerán el perímetro.

— Así se hará, señor –consintieron los cuatro al unísono.–

— ¿Protegeros de qué, Milord? –sonó una voz a la entrada del cuartel.–

Los cinco caballeros voltearon hacia la entrada y vieron a un hombre con la piel arrugada y una barba prominente naciendo de su mentón, apoyándose de una vara con su mano derecha, ataviado con una túnica brillante color azul. Todos se miraron unos a otros preguntándose con los ojos el cómo era posible que ese hombre hubiese llegado hasta ahí sin ser detectado. El general máximo se abrió paso entre los generales de legión y se paró frente a ellos.

— ¿Quién eres tú y cómo has llegado aquí? ¡Contesta!

— Mi nombre es Spangar, soy cuidador de estas ruinas que ustedes han invadido. Yo aquí vivo, es por ello que me puedo mover libremente sin el permiso de nadie, mi señor. Pero no ha contestado usted a mi pregunta...

El ceño del general máximo se frunció.

— No está usted en la condición de hacer preguntas. Nosotros las haremos. ¿Quién es su rey?

El anciano -algo que ellos en su vida habían visto- se acercó al general.

— ¿Rey? Este mundo no tiene reyes. Un consejo de ancianos como yo lo rigen –contestó.–

— ¿Cuál es su capital y hacia dónde está?

— Eso no se lo diré a menos que me responda lo que yo le he preguntado, noble caballero –contestó el anciano cambiando su expresión amable en seriedad total.–

— Muy bien, será por la buena, entonces –expresó el general mientras desenvainaba su espada.– Una vez más preguntaré: ¿Dónde está su capital? –inquirió el general con la punta de la espada colocada en la garganta del anciano, quien sonrió al sentir el metal sobre su piel.–

— Es evidente que ustedes vienen aquí buscando algo. Déjeme decirle, jovencito, que no lo conseguirán. Ni matándome podrá sacarme información.

El general empujó su espada. La hoja atravesó la garganta del anciano, haciéndolo caer de rodillas. El general llevó un pie hacia el pecho del hombre, apoyándose para sacar su espada empapada en sangre. Al empujarlo, el anciano quedó tirado en el suelo. El general tomó un paño de un mueble cercano y con él limpió la sangre de la hoja antes de envainarla.

— Tal y como nos dijo el Gran Göck, es fácil matar a estos seres. No tendremos ningún problema en acabar con ellos para que nos entreguen a los dos dioses que se vinieron con ellos.

Pateando el cuerpo del anciano, cuya sangre comenzó a hacer un charco sobre el suelo, agregó:

— Hagan lo que les ordené –indicó a Adrius, Brüg y Crabarm.– Lord Dacko, mande a alguien que tire esta basura y limpie este desorden.

— Al instante, señor –respondieron los cuatro mientras salían.–

El general se dirigió hacia fuera detrás de los cuatro, pues el charco de sangre del anciano era cada vez más grande. Instantes después, un grupo de hombres llegó. Uno de ellos vendó el cuello del anciano para evitar que siguiese sangrando. Entre él y otro lo cargaron y lo llevaron hacia fuera. Otros dos se quedaron recogiendo la sangre en una cubeta. Una vez recogida toda, esparcieron sal y aserrín sobre la mancha del suelo. Con palas, presionaron la mezcla para que absorbiese lo más posible. Recogieron la mezcla ensangrentada en otra cubeta y esparcieron más sal y aserrín, cubrieron con tierra y presionaron bien. Rociaron un líquido perfumado encima de la tierra aplanada, misma que cubrieron después con un tapete. Los dos hombres que salieron con el cuerpo, lo montaron en un caballo y lo llevaron hacia las aguas del río. Lo desmontaron del caballo y lo aventaron. El cuerpo, mientras era arrastrado por la corriente se iba hundiendo. Las tres legiones emprendieron el camino. Un par de horas después, ya que había espacio suficiente, la cuarta se comenzó a acomodar, creando un círculo alrededor del templo, a poco menos de un kilómetro del centro. Esa misma tarde, el explorador de Adrius llegó a galope veloz a informarle que había visto un grupo de hombres ataviados con una túnica negra a menos de un kilómetro delante de la bajada de una colina. Adrius, sonriente, ordenó a los capitanes que avanzaran a mayor velocidad. Al llegar a la falda de la colina, tres capitanes y el explorador ascendieron. Tal como el explorador había visto, había alrededor de mil hombres ataviados con una túnica negra, todos de pie, mirándolos. Los cuatro descendieron y se acercaron a ellos. Uno de los otros hizo lo mismo, encontrándose los cinco a cien metros del grupo.

— Entreguen al dios Tavius y al dragón y no serán heridos –exclamó uno de los capitanes.–

— Regresen de donde vinieron y sus vidas les serán perdonadas –respondió el hombre.–

— ¡JA! ¡Que ilusos son ustedes! –rió el capitán– ¿Acaso no saben que nosotros somos inmortales? Además, nosotros los superamos en número. ¡Pobres imbéciles! Se enfrentan a guerreros que en sus patéticas e insignificantes vidas han visto... ¡Entreguen a ambos dioses de inmediato!

— Claro que son inmortales... ante la naturaleza.

El hombre pintó en su rostro una cínica sonrisa, se dio la media vuelta y regresó hacia sus compañeros. El capitán, enfurecido, hizo lo mismo. Sus acompañantes lo siguieron. Minutos más tarde, un grupo de arqueros hizo una inmensa línea sobre la colina. En la distancia, detrás de los arqueros, sonó un grito. Las flechas comenzaron a dispararse hacia los magos, pero ninguna llegó. Pareciera ser que las flechas eran demasiado pesadas, pues el arco que hacían en el aire terminaba a escasos metros de su destino. Después de acabar con sus flechas, los arqueros quedaron quietos. Soltaron sus arcos, desenvainaron sus espadas y se avalanzaron colina abajo. Detrás de ellos, otro inmenso grupo de guerreros venía corriendo. Al ver a los más de dos mil guerreros dirigirse hacia ellos, los de túnica negra extendieron los brazos y comenzaron al unísono a entonar un cántico. Sus voces corrían sobre el terreno y se elevaban con el viento, impregnando con su vibración todo el ambiente. Los guerreros terminaron de bajar la colina. En la cima ya se había replegado el segundo frente. La primera avanzada comenzó a disminuir su carrera hacia sus adversarios. A cada paso que daban se sentían más pesados. A pocos metros de llegar a atacarlos, sus fuerzas habían escapado casi por completo. Mientras la mayoría sostenía con esfuerzo sus espadas en el aire, otros tomaban aire, completamente exhaustos. Los de túnica negra terminaron su cántico, bajaron los brazos y comenzaron a retroceder. Los guerreros más cercanos a ellos comenzaron a escuchar los gritos de sus compañeros detrás. Al voltear, vieron con horror cómo un inmenso grupo de esqueletos armados con espadas y escudos estaban atacándolos, cortándoles la cabeza conforme los iban tirando. Los esqueletos comenzaron a abrirse paso, acabando con cuanto guerrero se les ponía enfrente. Los guerreros trataban de defenderse, pero el peso de sus cuerpos era tan grande que sus intentos por levantar sus espadas era inútil. Los guerreros en la cima de la colina vieron cómo detrás de los hombres de túnica negra, el paisaje se vaporizó, dejando ver una cantidad superior de soldados formando cuatro filas: detrás de los de túnica negra había unos de túnica azul, otros de túnica roja, y detrás de ellos, unos de túnica gris, montados en bestias extrañas. Al develarse por completo la nube de vapor formada por la ilusión del paisaje, el desesperado grito de “¡RETIRADA!” sonó en la cima de la colina. Los hechiceros montados en Yonocs de dos patas avanzaron por los costados del grupo de alteradores e ilusionistas mientras los montados en Devos voladores emprendieron el vuelo. El resto del ejército de Adrius no había terminado de bajar la colina cuando ya estaban rodeados de los hechiceros montados en esas bestias mitad caballo mitad reptil. Del aire comenzaron a caerles rayos de luz que se transformaban en hielo, atravesando los cuerpos de aquellos a los que alcanzaban, así como piedras que al tocar el suelo explotaban en fuego. Aquellos que alcanzaron llegar frente a los jinetes de túnicas rojas y azules se vieron siendo masacrados por lanzas metálicas que salían del piso, elevándolos a varios metros del suelo. Conforme el segundo frente iba cayendo, un grupo de los esqueletos que habían emprendido la persecución desde el otro lado de la colina los recibía con un espadazo o hachazo en el cuello. Los alteradores que habían creado un área de gravedad acrecentada bajando la colina, detuvieron su cántico al ver que los más de dos mil ofensores habían caído. Del otro lado, el resto de la legión yacía bañando el pasto con su sangre. Un gran grupo de esqueletos cazaba supervivientes, para decapitarlos. Cinco mil “inmortales” yacían rodeando la colina. El general Adrius fue descubierto por un esqueleto, mismo que lo levantó y lo llevó hacia los magos. Un grupo de túnica blanca lo recibió. Una mujer de edad avanzada se adelantó y posó sus manos sobre sus heridas. El inmortal, aterrorizado, pensó que algo terrible le pasaría. Las manos de la mujer comenzaron a brillar, inundando con su luz la carne abierta del general, el cual sentía cómo el dolor era reemplazado por un calorcillo extraño. La mujer abrió los ojos y retiró sus manos del cuerpo del general caído.

— He curado sus heridas. La vida le ha sido perdonada para que vaya a informar a sus jefes lo que ha visto y los invite a que dejen Tavindax. Nosotros jamás entregaremos al señor Tavius ni a Ishindax.

— ¡Eso jamás! –dijo el soldado– Habrán ganado esta batalla... ¡pero no ganarán la guerra!

El rostro de la mujer se cubrió de tristeza. Volteó a ver a un necromancer a su costado y asintió con la cabeza. Este miró al esqueleto y señaló al general con el dedo. El hacha que portaba el esqueleto se levantó en el cielo y se impactó en el cuello del general. Este no sintió nada. Solo cayó viendo todo girar hasta que quedó inerte a los pies de los magos en un cuadro rotado a 180 grados, mismo que se nubló en fracción de segundos. Por órdenes de la mujer al mando de la legión, un grupo de hechiceros lanzó hacia los cuatro vientos un hechizo que voló con el aire. A oídos de los demás magos que conformaban el ejército llegó un susurro proveniente del norte:

No cooperarán... están poseídos por la maldad... no muestren misericordia cuando los enfrenten...

El grupo de esqueletos y humanos emprendió camino hacia el sur. Los alteradores invocaron una lluvia de fuego que comenzó a cremar los cuerpos del ejército invasor, elevando grandes columnas de humo mientras convertían en cenizas los restos de la batalla. En Juskethar, un soldado informó al alto mando sobre un inmenso incendio que se vislumbraba hacia el norte. Estos se regocijaron, pues asumieron que las tropas de Adrius habían topado con un poblado. ¡Cuan equivocados estaban! Hacia el oeste, la legión de Brüg avanzaba sobre una llanura que terminaba convirtiéndose en una zona completamente árida. En la distancia lograron ver miles de individuos corriendo hacia ellos. Brüg ordenó a todos emprender el ataque, sin importarle la superioridad numérica del ejército enemigo. Los capitanes dieron la orden y el ejército emprendió la carrera, yendo el general detrás con un par de soldados. Durante algunos minutos, la legión avanzó en un frente paralelo. De repente, uno de los soldados que acompañaban al general se detuvo en seco.

— S... señor... ¡SEÑOR! –gritó.–

Brüg escuchó el grito, se detuvo en seco y volteó a ver a su escolta. Al verlo, sus ojos salieron de sus órbitas, pues las patas del caballo parecían atravesar el suelo. Miró hacia abajo y notó que las patas de su caballo también estaban sumidas sin dejar muestra de algún hoyo. El general bajo de su caballo y se reclinó sobre la tierra seca. Al poner la mano sobre ella, esta se enterró en el suelo. La sacó y ni un solo grano de arena cayó de ella. Volteó a ver a su otro escolta y trepó rápidamente a su caballo. El grito de “¡RETROCEDAN!” comenzó a multiplicarse entre las tropas. Todos dieron la media vuelta. Ahora el general iba en la delantera. A varias decenas de metros de llegar al límite de la zona árida con la llanura, el general se detuvo en seco. Todos sus soldados se acercaron a él e hicieron lo mismo. Ante sus ojos, apareció una inmensa pared formada por miles de soldados ataviados con túnicas azules y rojas, organizados en varias filas, todos tomados de la mano. Los de túnica azul soltaron a los otros y retrocedieron un paso. Al hacerlo, el suelo bajo los pies del ejército de Brüg desapareció, quedando ellos flotando sobre un ancho y profundo precipicio. Los de túnica roja levantaron sus brazos, mostrando las palmas al cielo, bajaron sus brazos frente a sus rostros, cruzaron ambas manos sin dejar de ver sus palmas y después extendieron los brazos hacia los costados mientras miraban a los soldados. El suelo invisible bajo los pies de Brüg y su legión cedió y entre gritos de terror, cayeron hasta el fondo. Los caballos murieron. Todo el ejército quedó inerte, con una gran cantidad de huesos rotos, pero todos vivos, sumidos en el dolor. Sólo alcanzaron a ver cómo una lluvia de grandes bolas de fuego fue lanzada por guerreros volando sobre ellos, montados en bestias aladas mitad caballo mitad reptil, mientras inmensas rocas caían de los golpes que a ambos lados del precipicio daban seres enormes con forma humanoide. El ejército entero quedó sepultado con varias toneladas de roca que fue derretida con la lluvia de fuego y después enfriada con estalactitas de hielo. Los magos alteradores crearon un puente de roca entre ambas mitades del precipicio y ambos ejércitos se reunieron del lado de la llanura, emprendiendo el camino hacia el este. En el bosque de Rogria, al sur de Juskethar, el ejército de Crabarm fue emboscado por árboles vivos y seres invisibles que los golpeaban hasta dejarlos inconscientes, mientras un ejército de esqueletos los decapitaba. Todos murieron. Los cuerpos fueron sepultados en grandes agujeros hechos por gusanos gigantes. El ejército de magos encargado de cubrir el bosque, una vez terminada la batalla, comenzó a avanzar hacia Juskethar. Mientras los magos avanzaban por el norte, sur y oeste, decenas de navíos desembarcaban en la playa, haciendo un campamento. Una vez vacías, las naves se adentraron en el mar, donde una abrumadora flota, leguas delante, los esperaba. La mitad de la legión aposentada en los alrededores de Juskethar se encontraba descansando mientras la otra mitad hacía guardia. La noche cayó sobre ellos sin novedad alguna... hasta un momento en el cual el cielo se oscureció por completo. Una nube negra cubrió el firmamento impidiendo el paso de la luz. La luz de las fogatas dejó de iluminar. La visibilidad de los soldados se hizo casi nula. Sólo podían verse los unos a los otros, en un radio de no más de dos metros. El general máximo descansaba dentro del cuartel cuando fue despertado por los gritos de alerta de los soldados. Inmediatamente se levantó y se dispuso a salir. Al abrir las cortinas de la tienda recibió una desagradable sorpresa: aquél anciano al que había matado con sus propias manos estaba ahí, parado, en medio de la nada, mirándolo.

— P... pero... ¿¡Cómo es posible que estés vivo!? ¡Yo te maté con mis propias manos! –exclamó el general.–

— Hace falta más que una espada para matar a un ilusionista, Milord –respondió el anciano con una alegre sonrisa.–

— ¿Ilusionista?

— Así es, mi señor, yo soy un ilusionista. Pero eso no importa en este momento. Lo que importa es que su ejército está rodeado, y a menos que regresen en este preciso momento a Alandor, serán aniquilados.

El general desenvainó su espada y se dispuso a atacar al anciano.

— Si yo fuera usted, no haría eso, Milord... –dijo una voz a espalda del general.–

Al voltear hacia atrás, el general palideció. Quien le había hablado era el mismo anciano de túnica azul que tenía enfrente. Volteó hacia el frente y el anciano ahí seguía.

— ¿Que... que clase de poder es este? –preguntó el general.–

— Un poder al que sus antepasados renunciaron, señor, y será el mismo poder que los destruirá si no se van en este momento –respondieron ambos ancianos al mismo tiempo.–

El general envainó su espada. Una mueca de coraje se develó en su rostro.

— Eso es algo que no podemos hacer. Hemos venido aquí a llevarnos al dios Tavius y al avatar del dios Jusket. No nos iremos sin ellos, y si hemos de morir en el intento, que así sea.

— Sus deseos son órdenes, Milord. Lo invito a que presencie la muerte de su ejército –agregó el anciano.–

El ilusionista elevó su mano con los dedos extendidos, apuntando a la cara del general. Una masa de energía se formó entre los dedos del mago y se impactó en los ojos del caballero, quien se llevó las manos a la cara dando un lastimero grito. El dolor cedió. El general se quitó las manos de la cara y al mirar, el anciano ya no estaba. La oscuridad se había disipado. Apresurado, salió de la tienda, dirigiéndose hacia la ubicación del general Dacko. En pleno camino, el general se detuvo en seco. La claridad de la noche le permitió ver cómo una inmensa masa de hombres ataviados con túnicas, brillantes esqueletos armados con hachas y espadas y bestias gigantes de largos brazos y pies cortos formaban un anillo dentro y fuera del perímetro custodiado por la legión que se había quedado en las ruinas. No cabía duda que eran superados en número, posiblemente, en una escala de 6 a uno. El general sintió que una extraña fuerza lo jalaba hacia arriba. Sus pies se desprendieron del suelo. Jaló todo el aire que pudo y antes de elevarse más, gritó:

— ¡ATAQUEN! ¡DESTRÚYANLOS!

Los soldados alcanzaron a oír a lo lejos la voz del general máximo. Lord Dacko, en medio de la oscuridad mágica, alcanzó escuchar con claridad el grito. Por su mente pasó la idea de omitir tal orden, pues la oscuridad ante sus ojos le impedía ver a qué atacar.

—¡YA OYERON! –gritó– ¡Ataquen hacia todos lados! ¡Manténganse cerca los que se alcancen a ver!

Los capitanes que oyeron la confirmación de la orden proveniente del alto mando desenvainaron sus espadas y repitieron el grito de ataque. Todos los soldados tomaron las armas y comenzaron a dar embates ciegos hacia el frente y hacia atrás. Los magos retrocedieron y los esqueletos se avalanzaron sobre los soldados. Muchos de estos sólo pudieron presenciar el cómo un ser de sólo huesos se abría paso entre la oscuridad a escasos decímetros frente a ellos antes de perder la cabeza. Otros tantos sólo sintieron una masa de gran tamaño aplastarlos. Otros tantos quedaron congelados e inmóviles justo antes de perder la cabeza. Otros comenzaron espontáneamente a arder en llamas. El general máximo, flotando a varios metros sobre el suelo, alcanzó a ver la masacre sin poder hacer nada al respecto. Su desesperación y su impotencia lo hacían gritar de dolor al ver cómo sus mejores hombres fallaban sus ataques hacia los enemigos que sólo él podía ver, mismos que descuartizaban, aplastaban y dejaban caer sobre los indefensos soldados fuerzas que no podía comprender. Minutos después, el ejército enemigo comenzó a retirarse, llevándose consigo los cuerpos de las tropas que ante sus manos habían caído. El general comenzó a descender, quedando a unos centímetros del suelo. El anciano de túnica azul apareció de la nada ante él, y señalándolo con su mano derecha, comenzó a jalarlo hacia el templo de Jusket. El anciano entró primero. Al entrar, el general vio un grupo de 13 hombres y mujeres ataviados con túnicas de distintos colores parados frente al portal. El anciano, parado a un costado de la entrada al templo, dirigió el cuerpo del general hacia este grupo de gentes. Una mujer madura ataviada con una túnica blanca dio un par de pasos hacia el frente: era Ireth.

— ¿Cuál es su nombre, soldado? –preguntó.–

— Lord Xadalas es mi nombre, mujer. –respondió el general. Su voz salió de su garganta con una mezcla de impotencia, derrota y frustración.– He visto que han derrotado a todos mis hombres, pero eso no significa que hayan ganado esta guerra.

— Querrá usted decir esta invasión, Lord Xadalas. Eso es lo que ustedes han intentado, y como habrá usted visto, han fallado.

— No somos los únicos –respondió Xadalas sonriendo cínicamente.– Nosotros sólo somos el primer frente. Si no regresamos en cinco días más con Tavius e Ishindax, el resto vendrá, y ante ellos dudo mucho que puedan defenderse.

— Gracias por la información, soldado. Regrese con su amo y dígale que lo estaremos esperando –sonrió Ireth.–

El grupo abrió paso hacia el portal. El anciano que sostenía a Xadalas lo empujó hacia adentro. Al desaparecer dentro de la esfera de energía, todos entonaron una frase que hizo que el portal implotara hacia su centro, quedando cerrado. Xadalas cayó del otro lado del portal, mismo que se cerró a su espalda. La gran caverna que fue una vez ciudad y después fosa común para los fieles a los dioses era ahora un inmenso campamento. Xadalas se incorporó y se sacudió la tierra. Al dirigirse hacia el que había sido su cuartel en la formación de tropas dentro de la caverna, vio que dos hombres se acercaban a él. Al pararse frente a frente, discutieron algo y se dirigieron hacia el cuartel. Al estar en la entrada, los dos caballeros entraron primero. Instantes después, abrieron la puerta. Al entrar Xadalas, vio al fondo un caballero con armadura negra, completamente cubierto, sentado en un trono improvisado, con ambas manos reposadas sobre sus piernas. Xadalas se detuvo a dos pasos de él y se postró con una rodilla al suelo.

— Mi señor, he fallado. Mis cuatro legiones fueron aniquiladas por fuerzas que jamás había visto.

Dividí mis tropas para buscar su ciudad capital, pero creo que estos mortales terminaron con todos. Nos emboscaron en nuestro campamento y decapitaron a todos mis hombres... a mí me dejaron vivo para que viniera a decirle a usted que...

— ¡SUFICIENTE! –interrumpió el caballero negro. Se levantó de su asiento y se paró frente al general. Con una voz grave, profunda, espectral, preguntó: –

— ¿Dónde están Tavius e Ishindax?

El general comenzó a temblar.

— N... no los vi... señor...

El caballero se quitó un guante, dejando ver su mano descarnada. Extendió sus dedos y colocó la palma sobre la frente de Xadalas, quien comenzó a tener una convulsión al toque de los huesos sobre su piel. Durante unos segundos, el general se sacudía, como si estuviese siendo golpeado por una descarga eléctrica. Después, su piel comenzó a palidecer. Su rostro adelgazó, como si la mano descarnada estuviese absorbiendo todos sus fluidos. Al levantar la mano de la cabeza de Xadalas, este cayó momificado al suelo. El caballero dio la media vuelta, avanzó hacia su trono y volvió a sentarse.

— Así que los mortales se llevaron consigo ese conocimiento que los habitantes de este mundo hicieron de lado. Mh... que curioso... eso era lo que los dioses decidieron olvidar.

— Disculpe mi atrevimiento, señor Göck –dijo uno de los caballeros que escoltaron a Xadalas hacia dentro.–

— ¿Qué desea saber, Lord Gwin? –preguntó el caballero.– ¿Acaso tiene miedo de lo que este inútil dijo haber enfrentado del otro lado del portal?

— No es eso, señor. Es respecto a lo que acaba usted de mencionar...

— Si, la “magia” –respondió Göck.– Es un conocimiento que sus ancestros decidieron olvidar hace milenios. Por lo que veo, sus antiguos dioses decidieron olvidar ese poder, pues yo no tengo ningún recuerdo al respecto.

— ¿Es posible que quedemos impotentes ante ese conocimiento, señor? –agregó Gwin cautelosamente.–

— Es posible –respondió Göck mientras se acariciaba la cobertura del yelmo sobre su barbilla.– Pero los mortales no cuentan con el conocimiento de la tecnología que yo me traje de Blipxdignam. Eso nos puede dar una ventaja estratégica.

Prepare las tropas, General Gwin. Yo me encargaré de hacer el portal más grande para preparar una sorpresa a los que estén del otro lado. Organice pelotones de 128 soldados armados con equipo pesado, y asigne a cada pelotón cuatro torretas equipadas con una párrazah y municiones de área amplia. Mantenga a los treblocs alerta y con hambre, ya que serán los primeros en salir –ordenó antes de comenzar a reír callada y siniestramente.–

— De inmediato, señor –sonrió el nuevo general antes de salir del cuartel.–

En Juskethar, las cuatro legiones de avanzada se habían reunido. El consejo oía los reportes de los encargados de dirigir las tropas. No cabía duda que Göck mandaría un segundo frente mejor preparado.

— Las megalegiones de Ciomund, Raudix y Wólomund están cerca, a cuatro leguas hacia norte, sur y oeste –comentó Ireth.– Sibia y Prefimdah cubren noroeste y suroeste a ocho leguas y Dleyah y Adima están reorganizándose en todas direcciones a 16 leguas. Edimöth cubre todo este, nordeste y sudeste a 10 leguas mar adentro. Krim y su legión hicieron campamento en la playa. Si bien somos demasiados, debemos ser precavidos.

— Estaremos alertas, mi señora –agregó Spangar.–

— Dimian, ¿has hablado con Tavius? –preguntó Ireth a la sacerdotisa de Tavius que dirigía el ejército del norte–

— No, mi señora, no he sabido nada de él ni de Ishindax desde hace varios días.

— Algo importante deben estar haciendo –añadió el líder del ejército del bosque de Rogria.– Estoy seguro de que si los necesitamos, aparecerán.

— Yo también pienso lo mismo, querido Zelnot –complementó Ireth emitiendo un profundo suspiro.– De cualquier manera, deberemos estar preparados y defendernos lo más que podamos. Yuvia, ¿tienes idea de si sobrevivieron los soldados que encontraste en el cañón de Zub? –preguntó a la maga ilusionista a cargo del ejército del oeste.–

— No, mi señora. Quedaron sepultados bajo una masa de roca fundida, misma que endurecimos con hielo. Si no murieron, estarán sepultados por toda la eternidad ahí abajo.

— A menos que los saquemos y los hagamos undeads –agregó el necromancer concejal, frotándose las manos y con un codicioso brillo en los ojos.–

— No creo que sea buena idea después de todo, Creub... –desmotivó Ireth– Estos seres están podridos por dentro. Si son liberados, atacarán de nuevo. Dejemos que Tavius decida por ellos cuando aparezca.

Pues bien, señoras y señores, nosotros nos iremos hacia el oeste. Estaremos con la legión de Dubarigh al pendiente de lo que suceda. Ustedes mantengan sus posiciones alrededor de Juskethar y cuando llegue el siguiente frente de Göck, avísennos.

— Así lo haremos, mi señora –respondieron Spangar, Dimian, Zelnot y Yuvia.–

Todos salieron del templo. Los miembros del consejo se acomodaron en el lomo de tres devos voladores mayores mientras Ireth montaba uno de tamaño regular. Emprendieron el vuelo y se alejaron hacia el oeste. Durante el resto de la noche, los casi 50,000 miembros asignados a Juskethar se acomodaron en los alrededores, cubriendo un área de alrededor de dos kilómetros alrededor del templo. Los más de dos mil esqueletos reunidos se sepultaron cual si fuesen minas, lo más cerca posible al portal. Ya entrada la mañana, un fuerte temblor sacudió las ruinas, causando que muchas se derrumbaran. El templo de Jusket se colapsó sobre sus cimientos. El portal había sido abierto de nuevo, pero en esta ocasión había una gran diferencia en él: su diámetro se había cuadriplicado, alcanzando la esfera de energía cubrir un área de casi 30 metros.

Documento originalmente publicado en whitepuma.net en jul 6, 2003.

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