Tavindax ~ Capítulo I: La nueva era

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El mundo de Alandor pasaba por una gloriosa época. Los reyes de todos los países se habían unido en un intento por mejorar las condiciones de vida de los mortales. Varios años tomó a los reinos el adaptarse a las nuevas reglas, pero a fin de cuentas, todos salieron ganando, ya que el hambre, las pestes, la guerra y la maldad habían sido prácticamente erradicados de la faz de la tierra.

Los dioses bajaron a dar su gracia a los gobernantes, haciéndolos hombres santos. Todos y cada uno de los alandorianos se regocijaron al oír de sus creadores la noticia de que con las acciones realizadas en los años anteriores, los dioses del mal habían perdido su poder y habían decidido irse a buscar otros mundos en los cuales esparcir su semilla para no dejar de existir. Con ellos fuera del alcance de los mortales, era más que promisorio el panorama que se pintaba en la sonriente cara del futuro.

Muy a pesar de no tener guerras en el horizonte de las cuales preocuparse y sabiendo que el destino teje sus redes en formas misteriosas, los círculos de magos y hechiceros decidieron seguir investigando y desarrollando artefactos y conjuros de ataque y defensa. Con el pasar de los años y sin nadie enterarse, formaron grupos secretos en los que se mantuvo resguardado este conocimiento separado de la historia del planeta, para evitar contaminar el pasado con el poder que la oscuridad concentraba en los libros y pergaminos de papel elaborado con finas maderas y conjuros de eternidad.

Los únicos que sabían de este conocimiento sepultado eran los mismos dioses, ya que sabían que lo maligno debería existir para que el bien viviera… pero era mejor encerrarlo en la profundidad del secreto que permitirle invadir con su ponzoña los corazones de los hombres.

Los dioses de la maldad habían encontrado un mundo en el cual establecerse en forma exitosa, lejos, tan lejos de Alandor que sería imposible que sus hermanos pudieran detectar la discordia que este nuevo planeta emanaba. Prácticamente, habían creado su propio paraíso de oscuridad.

Décadas después del inicio de la nueva era de Alandor, los dioses decidieron bajar a la tierra a convivir con sus hijos. Nuevas razas fueron creadas de la mezcla entre la sangre divina y la mortal: razas perfectas, bellas, inteligentes, sabias, casi eternas… en fin, con todos los atributos de lo divino corriendo por las venas.

De la mezcla entre estos nuevos seres con otros mortales nacieron otras razas de menor escala a la semi-divina, pero también con cualidades superiores a las de la gente común.

Con el pasar de los siglos, los mortales fueron cayendo en los brazos de la muerte, quien decidió enviar sus almas a otros mundos en los cuales alcanzaran la perfección necesaria para reencarnar en Alandor, cosa que les tomaría varios milenios.

Los únicos mortales que mantuvieron la pureza de su ser fueron los magos, quienes preferían extender su vida con el poder de la misma escuela a la que le habían entregado su vida.

El tiempo mismo se encargó de que la pureza de Alandor se hiciera casi absoluta. Todos los mortales comunes habían desaparecido, mas aún quedaban los magos, quienes por sí mismos habían sido encerrados en las cavernas del ocultismo que ellos mismos habían construido.

Los ahora altos dioses sabían de ellos y estaban perfectamente conscientes de que a fin de poder llevar Alandor a una nueva era, tenían que sacar a los magos de las profundidades.

Cierto día, Tavius, dios de la vida, decidió darle una visita a los magos. Al adentrarse en las entrañas de la montaña del conocimiento, bajo la cual los magos habían hecho de librería un refugio, el mismo Tavius se maravilló al ver lo que estos habían hecho.

Y es que los magos hicieron uso del conocimiento de la destrucción y el renacimiento para convertir un lugar poco amigable en una inmensa ciudad en la cual hasta el aire era más puro que el de afuera. Las grandes estalactitas de minerales habían sido transformadas en fuentes de luz mágica, misma que iluminaba casas hechas de metales finos que retenían el calor, adoquinados con gemas preciosas que esparcían los haces de luz hasta los rincones más oscuros.

Sobre las aceras de las calles habían sido sembrados árboles que habían sido alterados para que hicieran su fotosíntesis con la luz artificial y en el proceso no sólo purificaran el aire, sino también dieran desde frutas comunes hasta piezas de carne listas para ser llevadas a la plancha, mismas que en vez de escurrir sangre escurrían agua.

Tavius no pudo evitar entrar a una casa y mirarla por dentro. Al hacerlo fue recibido por una pareja que cenaba con sus hijos, misma que le convidó sus alimentos. Sin titubear, Tavius se sentó y degustó el más exquisito de los banquetes: los filetes recogidos de los árboles eran de auténtica carne, asados sobre una placa metálica al rojo vivo que flotaba sobre la mesa. La guarnición de verduras era jugosa, abundante y con el sabor de la mantequilla impregnado en cada molécula y para su mayor sorpresa, el vino tenía un sabor similar al de la ambrosia… seguramente los magos crearon uvas con alguno de los conjuros del dios Miccus, el “chef” divino.

Después de la cena y agradeciendo con una bendición, Tavius decidió ir hacia la casa del consejo, misma que sus anfitriones mencionaron durante el banquete.

Al llegar a la plaza de la ciudad, Tavius notó una fuente poco común, ya que lo que subía hacia el aire y bajaba por los costados era de repente agua, de repente fuego, de repente nieve, de repente hojas de árbol, de repente luz y de repente metal, todo en forma líquida.

Una voz interrumpió la fascinación de Tavius con la fuente.

— Vaya, vaya. ¡Miren nomás quién ha venido a visitarnos!

Al voltear hacia la entrada de la construcción, Tavius vio a un hombre de edad avanzada, con una larga cabellera blanca cayendo sobre sus hombros y una barba que inspiraba sabiduría, ataviado con una túnica blanca que le cubría hasta los tobillos, sosteniendo en su mano derecha un báculo de oro con un diamante que emitía luz propia en la punta. Un diminuto dragón dorado se posaba sobre su hombro izquierdo, y unas sandalias de piel blanca separaban sus pies de la tierra. Detrás del hombre, otro ataviado de blanco y doce con túnicas azules, rojas, grises y negras, cada uno portando un báculo de distinto tipo, lo veían.

Tavius se arrodilló.

— ¡Padre! ¡No sabía que estabas aquí!

El hombre de blanco dio unos pasos hacia Tavius, quien arrodillado y mirando hacia el suelo, mantenía sus ojos cerrados. Al acercarse, el hombre le puso a Tavius una mano en el hombro y se reclinó hacia él.

— Pero levántate, hijo, que tu visita no nos cae nada mal.

Tavius levantó la vista y miró dentro de esos ojos llenos de eternidad y poder.

— Acepta mi disculpa por bajar a ver a los hombres sin tu consentimiento –rogó Tavius.– Yo sólo quería…

— ¡Nada! –exclamó alegremente el hombre– No tienes que pedirme ninguna disculpa. Más bien tendrás que pedírsela a ellos…

El hombre dirigió su mirada hacia el grupo de magos a su espalda. El de túnica blanca agregó:

— Por supuesto que no, mi señor. Esta ciudad le dará la bienvenida a cualquier ser que desee entrar a ella.

— Gracias, Rehgox, no sólo por acogerme a mí, sino también a mi hijo. ¡Pero levántate, Tavius! Agradece al archimago el darte la bienvenida.

Tavius se levantó, dio un beso a su padre en la frente y se dirigió hacia el archimago. Al llegar frente a él, tanto este como los demás hicieron una reverencia. El dios padre sonrió tiernamente al ver la escena.

— Mil gracias, señor Rehgox, por permitirnos quedar maravillados ante sus logros aquí en la profundidad.

El mago se incorporó y tendió su mano izquierda al dios.

— Gracias a ti y al todopoderoso Jusket por habernos visitado. Pero por favor, pasa, que nos gustaría tener tu opinión respecto a lo que platicábamos cuando llegaste –invitó señalando con su báculo hacia la entrada del edificio.–

Tavius quedó un poco intrigado por dicho comentario, pero agradeció y caminó hacia la residencia. El séquito de magos esperó a que Jusket siguiera a su hijo para entrar.

Ante los ojos de Tavius se extendía un inmenso salón, perfectamente iluminado con candiles colgantes de la nada. Desafiando las leyes de lo natural, el área que el interior tenía era por lo menos diez veces más grande que el tamaño de la construcción por fuera. “Vaya con estos hombres. Han casi alcanzado el poder de los dioses con el conocimiento que tienen en sus manos” pensó.

En el centro del salón había una gran mesa oval con 14 sillas deliciosamente adornadas. Sobre la mesa había varias jarras sobre charolas de oro y frente a cada silla, una copa con gemas incrustadas.

En el camino hacia la mesa, Tavius escuchó a Rehgox decir unas palabras. De reojo vio cómo el archimago levantaba una mano y con el arcano sonar de la frase saliendo de su boca, la mesa se extendía un par de metros, las sillas se re-acomodaban y una nueva se materializaba en el espacio.

Rehgox se adelantó e invitó a los dioses a tomar asiento. Al estos hacerlo, él se sentó frente a ellos y los demás magos a los costados.

Uno de los magos con túnica roja entonó un cántico y de la luz que los candiles emitían, unos rayos cayeron hacia las jarras. En el trayecto, se podía notar claramente cómo la luz se convertía en vino. Otro de los magos, uno de túnica azul, sacó de un saquito que colgaba de su cadera una moneda, misma que sopló en dirección de Tavius. La moneda, conforme se acercaba, se convertía en otra de las copas. Al llegar frente al dios, bajó del aire hacia la mesa. El mismo mago apuntó con un dedo hacia la jarra de vino más cercana y esta se levantó en el aire y se inclinó para llenar la copa. Tavius agradeció con una modesta reverencia e inmediatamente atacó:

— Y díganme, ¿de qué hablaban antes de que yo llegase?

— Verás, hijo: los magos me han mandado a llamar porque han notado que son los últimos mortales que quedan sobre Alandor y han pensado en buscar otro mundo en el cual habitar –respondió Jusket.–

— ¿Irse? –inquirió Tavius– ¿A otro mundo? ¿Acaso alguien les ha pedido que se vayan?

— Claro que no, mi señor –aclaró Rehgox.– Las condiciones de vida de Alandor han cambiado. Este mundo necesita dar un paso hacia el siguiente nivel evolutivo, y no podrá darlo si nosotros seguimos aquí.

— Eso ya lo habíamos nosotros notado… –contestó apenado Tavius– Pero como hijos legítimos de los dioses también tienen derecho a estar aquí. Es por eso que nosotros jamás hicimos nada contra ustedes.

— Eso ya lo habíamos platicado instantes atrás –dijo Rehgox– y quedó perfectamente claro que ni los dioses ni los nuevos habitantes de Alandor harían algo en contra de los magos, pues nosotros no tenemos nada contra los demás.

— En efecto. –agregó Jusket antes de voltear a mirar a Tavius a los ojos.– Lo que estamos discutiendo en este momento es la posibilidad de permitirle a los magos el abrir el Tomo de los Planos para buscar un Alandor paralelo y mudarse hacia él.

— ¿¡Buscar un mundo paralelo!? –preguntó Tavius sorprendido– ¿Es eso lo que desean hacer? ¡Pero si Alandor es también suyo! ¿Porqué no salen mejor a la superficie y se reintegran con los demás?

— Ya es demasiado tarde para eso –puntualizó Rehgox.– Queremos salir a la superficie y recibir la luz del sol de nuevo, ver la luna, respirar aire natural, pero por un lado, no queremos intervenir en el proceso por el que Alandor está pasando y por el otro, queremos darnos la oportunidad de hacer un nuevo hogar para nosotros, en el que podamos ser libres de reproducir la especie mortal.

Tavius no supo qué contestar a ese argumento. Tras unos segundos de silencio, asintió:

— Bueno, indiscutiblemente tienen el derecho a vivir su vida de la mejor manera posible. Yo no tendría inconveniente en ayudarles a conseguir un nuevo mundo.

— ¡Sabía que aceptarías, mi buen hijo! –rió victoriosamente Jusket– ¡Por eso te traje hacia acá!

— ¡Ahora entiendo! –sonrió divertidamente Tavius– Me trajiste aquí para que les ayudase… ¡Ah, viejo pícaro!

Todos los presentes comenzaron a reír con la travesura de Tavius, celebrado magistralmente por Jusket con una sonora carcajada. Un brindis por ambos dioses sonó en todo el salón al invitarlo Rehgox, seguido del metálico choque entre las copas de los presentes. Acto seguido, Jusket se levantó de su silla.

— Yo les concedo a todos el permiso de utilizar el conocimiento para buscar su Alandor en un plano paralelo –declaró.–

— Y yo les acompañaré para ayudarles y protegerles durante su búsqueda –agregó Tavius.–

Jusket extendió su brazo y el pequeño dragón bajó de su hombro hacia su mano. Todos abrieron sus ojos a tal grado que bien pudiesen haber salido de sus órbitas.

— Ishindax los acompañará.

El pequeño dragón volteó a ver a Jusket, le hizo una reverencia y dio un salto hacia delante, alejándose unos metros de la mesa. Al estar fuera del alcance de todos, dio la media vuelta y comenzó a entonar un cántico. Todos los magos, al ver que el símbolo de la bondad de Jusket evocaba su poder divino, voltearon para presenciar cómo el dragón tomaba su tamaño natural.

El dragón, con cada palabra emitida, lograba que su cuerpo se hiciera cada vez más grande. Posando sobre sus cuatro patas, alcanzaba por lo menos unos 10 metros de altura. Tuvo que enroscar su cola para evitar que chocara con la pared del salón y mantener sus alas pegadas a sus costados para no causar una catástrofe. Al final del ritual, quedó ocupando casi una tercera parte del salón entero.

Todos los magos se levantaron al ver a tan impresionante bestia tal y como era, pues hasta este momento, ningún mortal lo había presenciado.

— Ishindax… creo que eso no era necesario –dijo Jusket rompiendo el silencio.–

Una voz grave, profunda, potente y noble escapó de la boca del dragón.

— Sí lo era, Jusket. Tenía que absorber de ti la energía necesaria para poder transformarme. Ahora ya podré hacerlo a placer estando lejos de tu presencia.

— Oh… cierto… se me había olvidado ese pequeño detalle –agregó el dios padre aclarando su garganta con un evidente “ahem…”–

Tavius estaba sorprendido de que su padre hubiese decidido mandar a su “representante oficial” y hermano a ayudar a los magos. Estos no podían emitir una palabra. Su emoción los había dejado con un nudo en la garganta.

— Bueno. Ahora que ya les he dado los elementos necesarios para que su búsqueda les arroje los mejores resultados, me retiro –expuso Jusket.–

— M… ¡Mil gracias, señor! –respondió Rehgox– ¡No sé cómo podremos pagarle tanta generosidad!

— Encontrando un mundo que los haga sentirse seguros y felices será suficiente –finalizó el dios con una agradable sonrisa.– Tavius, ayúdalos en lo que necesiten. Ishindax… por favor regresa a tu tamaño normal y mantente siempre a las órdenes del archimago –ordenó.–

El dragón cerró los ojos y bajó la cabeza asintiendo. Comenzó a reducir su cuerpo hasta quedar del mismo tamaño que tenía instantes atrás. Extendió sus alas y dando un brinco para tomar impulso, voló hasta el hombro de Jusket, lamió su mejilla y pegó un brinco al hombro del archimago, quien volteó a verlo con una expresión de shock en su rostro. El dragón, al notarlo, le sonrió, le guiñó un ojo pícaramente y extendió su cuello por detrás del de Rehgox, dejando su cabeza recargada en el otro hombro.

Jusket extendió sus brazos.

— Hasta pronto, magos, espero que su búsqueda sea buena. Yo estaré esperando sus noticias por medio de cualquiera de mis dos hijos.

Todos hicieron una reverencia. El dios se vaporizó. Su vapor subió en espiral hacia el techo y antes de tocarlo, se desvaneció por completo.

El silencio reinó en el salón durante unos segundos, hasta que fue roto por la vivaz voz de Tavius.

— Pues bien, señores, ¡es hora de ir a hacer unas cuantas ecuaciones!

Fueron meses intensos de largas jornadas para conseguir los elementos necesarios para determinar qué universos paralelos serían los más adecuados para visitar.

Cada miembro del consejo de magos jugó un papel importante en el éxito: los alteradores (los de túnica roja) y los hechiceros y alquimistas (los de túnica gris) tuvieron que estudiar la manera de convertir algunos materiales en gemas que pudiesen retener dentro de sí cierto tipo de energía. Los ilusionistas (los de túnica azul) y los necromancers (los de túnica negra) tuvieron que idear sacrificios que fuesen tan válidos como los requeridos, pero sin derramar una sola gota de sangre. En algunos casos, los necromancers tuvieron que poner de su propia sangre para lograr igualar los requerimientos de un sacrificio complejo. Entre Tavius, Ishindax, Rehgox y otro grupo de magos, dibujaban con letras hechas de luz y usando el aire como pizarrón ciertos cálculos matemáticos y esquemas de constelaciones de estrellas para determinar las coordenadas cósmicas de los planos. Cuando descifraban cómo llegar a un plano prospecto, apuntaban a guisa de cántico los datos matemáticos y los rituales necesarios para llegar a él sobre pergaminos. Después, en un ritual, hacían la versión alternativa del sacrificio requerido para invocar las energías cósmicas requeridas para abrir un portal. Estas energías se condensaban en algunas de las gemas y estas se integraban mágicamente en el papel, de manera que cuando se quisiera abrir el portal hacia el plano descrito en el pergamino, bastara con leerlo. Una vez terminado el ritual, encerraban el pergamino en un tubo y le ponían una runa que describía las características del destino.

Una vez que coleccionaron una cantidad respetable de planos –78 para ser exactos– hicieron un pequeño diccionario con todas las runas. De este diccionario hicieron doce copias para que cada miembro del consejo conservara una.

Una buena noche decidieron hacer un festín en el que todos los habitantes de la ciudad celebraran. La fiesta fue verdaderamente inigualable: el dragón hizo con la flama de su nariz fuegos artificiales llenos de color, de luz, creando chispas con formas caprichosas; el dios de la vida creó flores de colores inimaginables en todas las paredes rocosas de la inmensa caverna, los magos alteradores le dieron a sus pétalos la propiedad de la reflexión sin tener que cristalizarlas y los ilusionistas crearon hechizos que permitirían que el color de la luz reflejada –incluyendo los chispazos de los fuegos artificiales del dragón– tomase vida propia, logrando que millones haces de luz multicolor juguetearan por todo el interior del refugio; los necromancers, con ayuda de los hechiceros, sacaron de la tierra por encima de ellos cientos de esqueletos, mismos que los niños lavaron, pintaron de colores y perfumaron para que crearan un ambiente agradable, unos haciendo música y espectáculos y otros sirviendo los banquetes.

El mismo Tavius reconoció que ni los mismos dioses habían hecho jamás una celebración de tal majestuosidad.

Después de dos días de fiesta, todos se fueron a descansar temprano. Los únicos que se mantuvieron de pie fueron Tavius e Ishindax, mismos que, aprovechando que todos dormían y mientras los esqueletos recogían el desastre, se sentaron en la plaza central de la ciudad a pensar un poco.

El dragón creó con su poder una inmensa ventana en el techo de la caverna para poder ver hacia las estrellas. Ambos, riendo, recordaban algunos de los detalles más divertidos de la fiesta.

— ¡No cabe duda que estos magos saben cómo divertirse! –dijo el dragón llorando en carcajadas– ¡Esa escena del esqueleto pintado de rosa huyendo aterrorizado de la niña con el mazo en las manos fue verdaderamente divertida!

— ¿En serio? ¡Eso no lo vi! ¿Y qué le hizo cuando lo alcanzó? –inquirió el dios–

— ¡No lo alcanzó! ¡El pobre terminó chocando con un esqueleto muy alto pintado de verde, desarmándose ambos! Pero eso no fue todo… cuando la niña vio que aquél al que acosaba chocó, estalló en risas. No le duró mucho el gusto… ¡ambos esqueletos formaron un esqueleto gigante verde/rosado y comenzaron a perseguirla!

— ¡De eso sí fui testigo! –exclamó el dios en medio de la risa– Después la niña le echó un polvo que lo redujo de tamaño, lo tomó en sus manos y se lo llevó a su casa… minutos después, ¡ya traía al pobre esqueleto ataviado con la ropa de una muñeca! –concluyó el dios haciendo que ambos se soltaran a carcajadas–

— ¿¡Y qué me dices del ilusionista que se emborrachó con agua simple y andaba por todos lados regalando conejos salidos de sus mangas!? –exclamó el dragón recuperando aire–

— Aaahhh, es que no era agua simple… –aclaró el dios guiñando un ojo– Yo le di a su esposa un pequeño tip para convertir el agua en Aguardiente de Faba…

— ¡Nooo..! qué bárbaro eres… ¿qué le haría el pobre mago a su esposa para merecer tal castigo?

— No fue castigo… –sonrió Tavius– ella quería emborracharse con él por haber cumplido esa misma noche 126 años de feliz matrimonio, ¡pero él no tomaba una sola gota de vino!

— Ah, ¡pillo! –rió Ishindax pícaramente– ¡con razón no dejaba de beber de esa jarra que me dijo contenía el agua más sabrosa del mundo! ¡Menos mal que no la probé! Pero… ¿terminó ella emborrachándose con él?

— ¡No! Ella no tomó del aguardiente, sólo vino normal… ¡Tuve que llegar a darle un poco de elixir de constitución para que se recuperase! Pero no terminó ahí la cosa… el elixir mezclado con el vino la hizo sentir un calorcillo que recorrió todo su cuerpo… corrió por su marido y se lo llevó a su casa… minutos después noté cómo salían conejos por las ventanas y la chimenea… así que ¡ya te imaginarás lo que estaba sucediendo ahí adentro!

— ¡Ah! ¡Ya entiendo! ¡Entonces, la invasión de conejos vino de ellos!

— ¡Exactamente! –exclamó Tavius antes de comenzar a carcajearse de nuevo– ¡Un grupo tuvo que ir a rescatarlos!

Fueron horas durante las cuales ambos seres continuaron divirtiéndose con las anécdotas. Los esqueletos terminaron con la labor de limpieza y emprendieron camino hacia la tierra, sepultándose en ella.

Dios y dragón se quedaron solos, rodeados de un silencio absoluto. La luz de las estalactitas se atenuó, dejando sólo un poco de resplandor bañando a la ciudad. Tavius decidió que debían dormir un poco, al igual que los demás. Ishindax, extrañado, preguntó el porqué, pues ellos no necesitaban dormir.

— Simplemente, se me antojó –sonrió el dios.– Hay tanta paz y tranquilidad que creo sería un buen momento para unirnos a todos estos maravillosos hombres y mujeres que nos han tratado tan bien. Además, creo que podemos unirnos a sus sueños y darles las gracias en forma personal a todos y cada uno de ellos, desde el más pequeño niño hasta el más venerable anciano, ¿no crees?

— Cierto… ¡me uniré a ti, entonces!

Dicho lo anterior, el dios llevó una mano al suelo. Una cama de pasto nació debajo de él. Acomodó sus manos bajo su cabeza. El dragón redujo su tamaño y se le acurrucó en el pecho.

Ambos se sumieron en un sueño profundo, proyectándose hacia los sueños de todos los habitantes de la ciudad, dándoles las gracias por ser tan maravillosos y haciéndoles saber el cariño que en ambos había nacido por todos ellos.

El enorme tragaluz que el dragón había creado para ver las estrellas se desvaneció para evitar que a la mañana siguiente la luz del sol pegara de lleno en la ciudad.

Y a lo lejos, en el espacio, una estrella fugaz dibujó la sonrisa Jusket en el infinito.

Documento originalmente publicado en whitepuma.net en jul 2, 2003.

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