El águila

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Existían en un bosque un águila y una pantera negra. Ambas vivían en constante lucha por la supremacía, presumiendo de sus habilidades en aire y tierra, correspondientemente.

El tiempo pasaba y la pantera se hacía cada vez más sabia, pues sabía que llegaría el momento en el que cualquiera de los dos cediera ante el otro, y sólo podría suceder mediante el uso de la inteligencia más que por la fuerza.

La pantera recorría tranquilamente el bosque, y sólo cazaba para alimentarse. El águila se burlaba de ella desde lo alto, en los árboles, pero la pantera la ignoraba y seguía en lo suyo. El águila se iba haciendo cada vez más fanfarrona, presumiendo de ser la reina del bosque. Comenzó a odiar a la pantera, porque se sentía ignorada, y no hay en el alma de un ser vivo castigo más grande que la indiferencia.

Cierto día que la pantera retozaba en la rama de un gran árbol, el águila se acercó y, parándose a su lado, la comenzó a molestar. Estaba decidida a demostrar quién reinaba en el bosque.

- Muy bien. Ha llegado el momento de demostrar quién es quién en este bosque - exclamó el águila expresando su supremacía.

- No seas idiota -respondió la pantera-. Tu creencia de ser el animal perfecto porque eres un excelente cazador y dominas los cielos será tu perdición. Déjame en paz, que no tengo nada contra ti y no pienso perder mi tiempo en tus estupideces.

El águila, ofendida, atestó a la pantera un garrazo en el rostro, dejándole una dolorosa marca. La pantera, enfurecida, lanzó al águila una mirada de odio profundo.

- Tú lo has querido. Ahora sabrás lo que es sufrir -dijo sentenciando al águila-.

El águila emprendió el vuelo carcajeándose de la pantera, la cual se quedó lamiéndose la herida.

Pasaron unos días y el águila seguía dominando el cielo, bajando a aterrorizar a los animales. Cazaba por diversión, hería a sus presas y las dejaba huir para que fueran a contar la hazaña, esparciendo así el temor y respeto hacia ella, pero el águila no medía su fuerza. Las presas, moribundas, nunca regresaban a sus madrigueras.

De la pantera nadie había sabido nada. Nadie la había visto. Había desaparecido sin dejar rastro alguno. El águila se vanagloriaba de haberla asustado al grado de salir huyendo del bosque.

Poco a poco, las presas del águila fueron disminuyendo en cantidad. Ella no se había dado cuenta de que por su frívola cacería sin sentido, había estado agotando sus propios recursos alimenticios, haciéndola padecer hambre y soledad. La diversión se estaba acabando.

Una mañana, buscando una presa para calmar su hambre, el águila descubrió una liebre llevando alimento. Astuta, el águila pensó "debe llevarle comida a sus hijos" y se dedicó a perseguirla sigilosamente. La liebre entró en una cueva que a lo lejos parecía estar iluminada por dentro.

- Así que ahí es donde se esconden los animales - pensó el águila - … ¡¡¡ pobres ilusos !!! ahora sabrán lo que es jugar conmigo.

Y se lanzó hacia adentro.

Al entrar a la cueva, tuvo que detener su frenético vuelo para no estrellarse con las paredes de la cueva. Fue necesario bajar a tierra y caminar a brincos para poder entrar por ese jugoso conejo. La luz que iluminaba la cueva era blanca, suave, intensa, cálida. Se sentía un clima extraño ahí dentro… un clima que el águila no sabía describir, pero que percibía dentro de ella, dejándole una sensación de bienestar, bienestar que se negaba a aceptar gracias a la rudeza de su corazón y su amargado escepticismo. La luz provenía de más adentro, pero las paredes de la cueva, cubiertas de piedras preciosas, disparaban los reflejos hacia fuera, iluminándola por completo.

Unos pasos adelante notó que la cueva tenía por dentro un inmenso lago con una isleta al centro. Todos los animales estaban ahí, en la orilla, jugueteando con el agua, comiendo de la fresca hierba que crecía en la fértil tierra, conviviendo en plena armonía.

En el centro de la isla había un gran árbol, cuyos frutos eran la misma luz que se reflejaba hacia todos lados. En las ramas estaban recostados dos hermosos animales: una pantera negra y un puma blanco.

El águila reconoció a la pantera, y su corazón se oscureció por completo al ver que todos los animales estaban con ella. Por su mente pasó la idea de que la pantera había tomado a todos los animales cautivos para lograr que el águila muriera de hambre afuera. ¡¡¡ Cuan equivocada estaba !!! pero todo el odio que sintió le nubló la vista. Extendió sus alas y voló hacia donde estaba la pantera, atestándole una herida mortal en un costado.

El rugido de la pantera al recibir la herida fue lo que hizo que los animales se percataran del ataque del águila. Todos voltearon hacia arriba, viendo que el águila daba una vuelta para impulsarse y atacar de nuevo, atestando un segundo y final golpe a la pantera.

La pantera yacía en la rama sangrando. El puma blanco, que no había podido defender a la pantera en el primer ataque, se encontraba sobre ella lamiendo la herida, haciéndola sanar. La pantera, semiconsciente, notaba el brillo que salía de la piel del puma, y sentía cómo la lengua de él sanaba su herida, pero no podía reaccionar.

El águila replegó sus alas para llegar a darle el golpe que terminaría con la vida de la pantera, pero el puma blanco se interponía en su camino. "¡Que demonios!" pensaba… "¡Morirán los dos!".

A pocos metros del ataque, el águila fue cegada por la luz que se desprendía de la piel del puma, que se hizo tan intensa como el sol. Con los ojos cerrados y desorientada por la luz, el águila perdió el rumbo y se estrelló en el piso, quebrándose un ala y quedando desmayada.

Al abrir los ojos y verse rodeada de todos los animales, su reacción fue levantarse y brincar hacia atrás, sintiéndose amenazada. El puma y la pantera estaban parados frente a ella, con una expresión de desaprobación en sus rostros, pero con aceptación en sus ojos.

- Eso te pasa por no ser humilde - dijo la pantera al águila -. Si hubieras cazado a los animales sólo por necesidad y no por diversión, no hubiera tenido que suceder esto. Ve ahora, todos aquellos a los que heriste están aquí conmigo y con él, que fue quien curó esa herida que hiciste a mi rostro tiempo atrás, y quien salvó mi vida de tu ataque hace unos momentos.

- Y todo esto ha sido por ese corazón duro que tú tienes - habló el puma, cuya voz cimbraba todo el lugar-. El animal perfecto no es aquél que es superior a los demás por su fuerza o astucia, sino aquél que vive en simbiosis con la naturaleza, toma lo necesario y deja que los demás sean lo que son. Ella - aclaró mirando a la pantera - lo comprendió a muy buen tiempo. Por eso me encontró. Pero tú… dudo mucho que tengas solución. Estás demasiado afectada por tu vanidad y egoísmo. Vete de aquí que no perteneces a nosotros.

- Dale una oportunidad - solicitó la pantera. El puma movió la cabeza negativamente, reafirmando: - No la merece. Ya hizo demasiado daño y no merece perdón de nadie. Que su destino se cumpla. Que se vaya.

El águila se incorporó, gritando de dolor por su ala quebrada, y brincó hacia atrás sobre el agua, alejándose de aquél lugar, maldiciendo a todos:

- Muy bien, me iré, ¡¡¡ pero regresaré y acabaré con todos ustedes !!!

Todos los animales se le quedaron viendo, sin comprender cómo era que un ser podía sentir tanto odio en su corazón… pero lo más increíble era… ¿cómo era posible que la vanidad y el egoísmo pudieran cambiar tanto a alguien?

La pantera y el puma dieron un último vistazo al águila y regresaron al árbol. Todos los demás animales regresaron tranquilamente a sus actividades, dejando al águila que se alejara con sus ridículos sentimientos y sus vacías advertencias.

Llorando de dolor, logró salir de la cueva arrastrándose sobre el suelo. Tuvo que buscar refugio para pasar la noche, puesto que no podía volar hacia su nido. La noche cayó y el águila quedó tendida sobre las hojas secas de los árboles.

Una luz muy brillante la despertó. Ella, pensando que había amanecido, abrió sus ojos, sorprendiéndose al notar que todavía era de noche. Mirando hacia arriba, notó que la luz no era del sol, sino de aquél puma que estaba en la cueva con los animales. Ella se incorporó notando que su ala no le dolía. El puma, con su profunda voz, le habló:

- He sanado tu herida. Ahora comprenderás que soy yo quien sanó a todos esos animales que tú heriste. Todo ser merece una segunda oportunidad, y como tú también eres un ser, muy a pesar de haber herido a tantas almas, mereces también otra oportunidad.

Lo único que pasó por la mente del águila fue la venganza. En pose de ataque, extendió sus alas, elevándose hacia la rama del árbol sobre el cual la veía el puma.

En un rápido movimiento, el puma bajó a tierra. El águila, al voltear a ver lo que él hacía, no se dio cuenta de que había otro árbol muy cercano, impactándose en él, quebrándose de nuevo el ala. Al caer al suelo, el puma se acercó a ella, diciéndole:

- No tienes remedio. Pues bien, así lo has querido.

Y la luz que emitía de su piel se apagó. Su blanco pelaje se tornó negro como la noche, y su cuerpo cambió, convirtiéndose en un lobo con aspecto demoníaco. Emitió un aullido y desapareció en la oscuridad de la noche.

La pantera negra esperaba en la entrada de la cueva junto con varios de los animales a que llegara el puma blanco. Al notar la luz que provenía del bosque, sus rostros se iluminaron con una sonrisa y se adentraron a la cueva. El puma, al llegar a la entrada, volteó hacia atrás por última vez, y caminó hacia adentro.

La pantera negra ahora vivía a su lado, y entre ambos se avocaron a gozar de los bienes que la naturaleza les ofrecía, conviviendo en perfecta armonía con el resto de los animales.

Del águila poco a poco se fueron olvidando. El último recuerdo que les quedó fue aquella noche en el bosque en la que se oyeron sus desgarradores gritos, mezclados con los ladridos y aullidos de una manada de lobos que la despedazaban, dándole el castigo que ella merecía por la crueldad que habitaba en su corazón, haciéndola pagar por el daño que había causado a los demás.

Documento originalmente publicado en whitepuma.net en nov 15, 2000.

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