Nuestro Juramento (parte cuatro) Den Tag, wenn Sie tschüs sagen

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Como yo aún andaba medio sonámbulo, preferí regresar a la cama.

— Todos a alistarse, dentro de 30 minutos el bus estará en la puerta, todos deben estar listos para entonces. ¡Vamos perros, a alistarse! ¡tenemos muchos traseros que patear hoy!

— A ganar mi brother –me dice el chino–

— A ganar perro –contesto–

Cuando llegamos, Mirella estaba en el último cuarto del partido, no pude ver el partido porque fuimos de frente a los camerinos; todos estábamos concentrados, yo tenía que ganar como fuera para poder ir a Lima y estar con Mirella. Su equipo iba ganando por 20 puntos y a esas alturas del partido, Abancay no les podría ganar.

El ambiente en el coliseo era como estar en Irak, llovían insultos y porras de todos lados, el coliseo estaba reventando de gente y los nervios se apoderaban de mí.

— Vamos muchachos, tenemos coliseo lleno, full gente nos apoya, a estas alturas nadie nos para, vamos a ganar, el partido de las mujeres ha terminado y Ayacucho se irá con nosotros a Lima.

— ¡Bien, eso es! –grito y todos me miran– quiero decir, bien por ellas.

— Bien, dejaremos que los de Ayacucho salgan primero para que ganen confianza. Así que quiero que salgan a jugar con eso que ponen las gallinas y a ponerle mucho corazón muchachos. Los Ayacuchanos ya se lucieron mucho, ahora ¡¡¡salgan a ganar!!!

— ¡Sí! –gritamos–

— ¡¡Porque somos guerreros!!

— ¡¡Sí!!

— ¡¡Y somos unos perros!!

— ¡¡¡Sí!!!

Recuerdo que esa noche el partido estuvo de ida y vuelta, esos serranos se jugaban la vida y no dudaban en golpearnos por todas partes, el único consuelo es que hicimos lo mismo. En el partido hubo insultos, golpes, peleas... parecía un ring de lucha libre. Esa noche no sólo ganamos el campeonato, también ganamos golpes y moretones a discreción.

— ¡¡Ganamos mierda!! –grito–

— Así es mi brother –me contesta el chino– Johana, Mirella, Luis, vengan pa tomarnos una foto– continua– Victor: tómanos la foto cabrón...


— El bus de la delegación de Ayacucho partirá de nuestro hotel, nuestros buses irán juntos hacia Lima –dice el D.T.–.

— Estoy feliz porque ganaste, pero también estoy triste porque mis amigos perdieron y regresaron a casa.

— Sí, pues, jugaron bien los cabrones, me dejaron lleno de moretones, nuestra selección de mujeres también se va hoy, sólo se quedaron para ver el partido.

— Bien hecho –me dice–

— ¿Que? Ven acá, ahora verás.

— Si me tocas te pego –me advierte–

— Mejor dame un beso y alistemos tu maletas.

— Mejor –respondo–

— Todos ya están afuera, mejor que bajemos

Mirella y yo no nos despegamos y se nos ocurrió que yo podía viajar en su bus, la idea era que ella viaje en el mío, pero mi bus estaba full y sólo había espacio para mí, así que su bus era la otra alternativa. Nos acercamos a su D.T. para pedirle autorización pero él se negó:

— Señor, señorita, cada delegación tiene su propio bus, no tienen porqué mezclarse.

— Pero profe, vamos a la misma ciudad y vamos a estar en el mismo hotel, ¿cuál es el problema? –le digo–.

Y con su voz ronca y seca me dice:

— Reglas son reglas.

— ¡Carajo! –grito– ¿porqué tienen que ser tan cuadriculados estos indios de mierda? como si fuera algo malo el que viajemos juntos, la puta madre.

Mirella, asustada por mi reacción, me tapó la boca, le sonrió al profe y me jaló a un lado.

— ¿Qué hacemos? –pregunto–

— No lo sé amor, supongo que cada uno en su bus.

— No me gusta la idea, no me siento bien.

— Tranquilo –me dice– es sólo cuestión de horas para que estemos juntos otra vez.

— Sí, lo sé, pero hay algo, no sé qué es, pero hay algo que no me gusta, amor, no te separes de mí, sin ti no sabría qué hacer, te necesito aquí conmigo.

— Todos a su bus –alguien grita–

— Ya es hora –me dice–

— A pesar de las distancias, a pesar del tiempo, a pesar de las palabras, yo te amo... ¿lo recuerdas, verdad?

— Sí, lo sé –responde– a pesar de las distancias, mi amor por ti no puede ser medido ni contado, y sólo te pertenecen a ti mi cuerpo y mi alma.

— Te amo –le digo–

— Yo también te amo, nos vemos mañana amor.

Su bus parte y me dirijo al mío, entro y pregunto:

— ¿Qué esperamos para partir?

— El profe está hablando con la gente de Lima –dice Víctor–

— Carajo... maldita hora en que se le da por conversar al huevón.

— Tranquilo man, relájate.

— Algo anda mal chino, tengo una sensación de mierda que no me deja tranquilo.

— Deben ser los nervios, relájate, mañana la volverás a ver.

— Sí, creo que tienes razón, son sólo los nervios.

Pasan los minutos...

— Dios, por favor, haz que todo salga bien, nunca te he pedido nada, a pesar de que te has llevado a mucha gente que quería, sigo creyendo en ti, y sé que cuidarás de ella y harás que todo salga bien, ¿verdad? Si necesitas sangre pues toma la mía, no seas pendejo y no me quites a Mirella, no ella por favor.

— Por fin –digo– Profe... ¿porqué se demoro tanto?

— Tranquilo Rivas Plata, ya nos vamos; chofer, en marcha.

— Media hora nos separaban, 30 interminables minutos.

— Mi corazón latía a mil por hora, la luna se ocultaba detrás de las montañas, la noche era tranquila y oscura, no había estrellas en el cielo y el tiempo transcurría lentamente como si no hubiera prisa alguna, mientras yo me volvía loco, tratando de pensar que todo estaría bien, que ella no me dejaría y que estaríamos juntos siempre.

Fue en una curva de la carretera 65 donde la necesidad de descanso hizo presa al chofer, haciendo que el bus se saliera de la pista y diera cinco vueltas de campana sin que nada ni nadie pudiera hacer algo para evitarlo.

Media hora nos separaba, la luna salió de su escondite, las estrellas despertaron y la noche se aclaró. Cuando llegamos al lugar del accidente, no sabíamos qué bus era el que había volcado, pero algo en mí me impulsó a salir por la ventana y correr hacia el lugar donde estaba aquel bus.

Documento originalmente publicado en whitepuma.net en mar 1, 2004.

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